Nos recibe un título potente: Desatando a Mon-dragón. A primera vista, podría confundirse con Detestando a Mondragón o Despegando a Mondragón. El cartel, con la reproducción de una cara en escorzo y una piel desprendiéndose, anticipa que Mondragón será más despegado que desatado o detestado.

En la inauguración, el técnico de cultura de Arrasate advierte: esto no es una exposición sobre el pueblo. El claustro, sin embargo, crea la expectativa contraria, lleno de imaginario relacionado con los erraldoias y kilikis. Por las paredes cuelgan sus moldes; dos imágenes retroiluminadas proyectan sus bustos; en el suelo yacen sus cabezas atravesadas por cables. Y en una esquina, con las faldas levantadas, algunos de ellos descansan mirando a la pared, mientras chavales y familiares se arremolinan a su alrededor.

Incorporar a la comparsa de Erraldoias y Kilikis, despegarlos de sus quehaceres habituales, supone un buen golpe de efecto de Maite, la comisaria. Respetando los intereses de cada cual, genera una convivencia entre el campo artístico y el ámbito social, gracias a la presencia material de los elementos convocados.

Enseguida somos convocados también como público ante las performances que se van a presentar, para las que se pide silencio y se advierte que podrían resultar extrañas. La performance es una disciplina exigente: aunque sea la performer quien pone el cuerpo protagonista, requiere que el público también se involucre para poder crear un tiempo compartido donde los gestos se amplifican. Una atención plena permite que incluso el gesto más mínimo, como la respiración, se perciba. Por el contrario, esa respiración pasará totalmente inadvertida ante casi cualquier otra situación, incluso para la performer. Por eso, la performance demanda una correspondencia sensible y atenta. Si no, puede generar en el espectador la frustración de estar ante una disciplina artística hueca de sentido, carente de experiencia compartida. Una frustración similar a la que podría darse si se viera obligado a sostener la mirada durante un tiempo prolongado ante un bodegón cualquiera. Solo llevaría al espectador a preguntarse: ¿por qué estoy delante de ti?

La primera performance es la de Cata Rubio e Izar Okariz. Ambas se tumban en dos esquinas del claustro, y el público las ve desde la balconada. Se hacen las muertas durante un rato y después comienzan a desperezarse. Cata, anclada en la vertical, respira con movimientos exagerados, la cabeza completamente cubierta por su melena.

Izar va retorciéndose poco a poco. Como una estatua o un erraldoi despertando de un largo letargo, parece ir probando por primera vez sus opciones de movimiento, la posibilidad de salirse del eje vertical y horizontal. Se sube al balcón como un animal, camuflándose entre la gente; se esconde y arrincona fuera de foco, jugando con nuestra mirada. Ese desplazamiento hace que el espacio aparezca de otra manera, porque deshace la geometría inicial y convierte el movimiento en arenoso. Que Izar también oculte el rostro resta humanidad y, aunque el movimiento sea propio, en ocasiones la ropa parece sujetar al cuerpo, como un hombre invisible al que la ropa delata. Conforme va pasando el tiempo, observar a dos cuerpos que no miran al espacio que habitan se convierte en una actividad morbosa.

No es fácil adivinar por qué son dos las performers, por qué el par. Quizás responda simplemente a la necesidad de estar acompañadas en el proceso. Comienza la segunda performance. Los niños llegan serios y ceremoniales, contagiados por lo sucedido. Es curioso el deseo de los niños por hacerse grandes. Bailan portando a los erraldoias: primero al ritmo de música popular y luego al de la música que produce Iraia Pérez. El constante movimiento de los erraldoias hace que nada se mueva (cuando todo se mueve, nada se mueve). A primera vista encantadora, la escena revela rápidamente sus límites, ya que no genera nada más allá de la frase que la enuncia: juntar niños, folklore y música experimental.

Tras las actividades, la exposición aparece en silencio con obras de Cata Rubio, Iraia Pérez, Oier Diaz e Izar Okariz. Intercaladas por los moldes de los erraldoias, no es fácil adivinar su autoría. Destacan una secuencia de dibujos de animales huyendo hacia delante, unas figuras de barro que imitan algunas posturas vistas en la performance y una pila de cuentos arrancados de un cuaderno. Llama la atención una doble condición: lo amateur de los procedimientos y lo tímido o escurridizo de algunos gestos.

Hay algo muy naturalizado en la utilización de procedimientos propios de estudiantes de arte: los dibujos de animales arrancados del bloc de acuarela y pegados directamente sobre la pared, las figuras de barro moldeadas con las manos y sin cocer o los cuentos escritos en una libreta con cuadrícula. Ninguno está depurado ni profesionalizado, ni desnaturalizado con ironía. El protagonismo de estas representaciones no parece darse en la relación entre forma y estructura, ni resultado de un sistema, sino en el desprendimiento de un proceso de exploración sensible, como un recuerdo. El gesto en la exposición consiste en despegar ese proceso y mostrarlo.

Ese gesto evoca una posición poética de fuga del lenguaje: los animales huyen y se desdibujan, las figuras se esconden y quiebran entre las columnas, los textos se van de la mano de quien los toma. El espectador evocado es el que se ha encontrado un dibujo en el buzón, no quien entra en una plaza y se enfrenta a una estatua en el centro.

Se distinguen tres dibujos por su singularidad. Escondidos, tres dibujos de arena: un cordero flotando estático en el folio, un jabalí muy desdibujado, y una persona entre lo que podría ser gentío o un bosque. Son dibujos desleales a la órbita circular predominante en la exposición, que respiran a contracorriente y abren un espacio propio para ser. Como si dijeran: pertenezco y no pertenezco; estoy, pero podría irme en cualquier momento.

Desatando a Mon-Dragón

27/11/2025 – 20/12/2025
KULTURATE, Arrasate

Cata Rubio & Izar Okariz
Iraia Perez
Oier Diaz
Arrasateko Erraldoi eta Kilikien Konpartsa

MEDIACIÓN: Maite Mugerza