En la exposición hArrApAtu participan tres artistas cuyos nombres comienzan por la letra a: Andrea Berbois, Adrián Irisarri y Ángela Rodríguez. El texto de sala de Maider Aldasoro, la comisaria, plantea el autorretrato como una presentación ante el otro desde el deseo y la seducción.

Andrea ofrece dos conciertos mientras dura la exposición, uno al principio y otro al final, sin ceder a la expectativa de que su música permanezca disponible durante toda la exposición. El directo se construye por capas y fragmentos: loops sobre los que se superponen la voz y el violín, dejando flotar algunas melodías, como el Agurra. El concierto facilita reunir al público alrededor de algo que sucede. Pero también arrastra una serie de convenciones que permanecen intactas: la separación entre artista y público, un comienzo y un final, los aplausos.

Un vestido verde aguamarina de Ángela descansa en el suelo. Mientras Andrea toca el violín, la cadencia de los loops y la caída del vestido vuelven la imagen marítima, portuaria. El vestido sobresale del suelo por el pecho, elevando el cuerpo ausente en un pequeño arco y atrayendo imágenes como las del arco histérico o la de Ofelia flotando muerta. El sexo y la muerte aparecen aquí de la mejor de las maneras, mediante una torsión. La tela, de poliéster, está llena de quemazos que imitan fruncidos, convirtiéndola en una piel plástica deformada. Estar deshecha y protuberante produce una presencia intermitente con carga sentimental.

Alrededor del vestido, Ángela presenta también numerosos dibujos y varias pinturas. Colocar los dibujos —arrancados de cuadernos, post-its y hojas sueltas— al lado de las pinturas reproduce un relato conocido: el de la artista que convierte pensamientos o apuntes en obras de otra categoría. Esa disposición introduce una distancia. Antes de entrar en los trazos ya presuponemos una singularidad.

En uno de ellos aparece una nota: Destruir la forma para que quepamos. Es una feliz coincidencia que el vestido agujereado termine siendo el objeto que encarna esa frase. Las imágenes evocadas y sus contradicciones permiten emanciparnos de las intenciones de la artista y negociar con el objeto. Entonces podemos entrar en él, imaginar o recordar con él, sin necesidad de reconstruir cómo ha llegado hasta allí.

Adrián aparece con grandes imágenes. Una imagen de una iglesia románica, vista en contrapicado y a contraluz, ocupa una de las paredes. Tiras de cinta adhesiva transparente vitrifican su superficie. Debajo, un autorretrato imita una alfombra, también vidriada. Cerca, más imágenes del artista a tamaño real cuelgan del techo mediante una estructura precaria: una cuerda sostiene una cadena, la cadena un palo sujeto con bridas y éste unas pinzas de oficina que finalmente sujetan la lona.

Las acompañan materiales de construcción, mobiliario de los años setenta y un belén. El artista los dispone como un diorama para desplazar la instalación hacia las artes aplicadas. Sin embargo, al sacarlos de su contexto, los objetos construyen un andamiaje que sobreprotege a las imágenes. Sin ellos, las imágenes mantendrían la desnudez y la inmediatez de una canción punk: un paisaje y una persona, sin más protección que su propia presencia. Vienen hacia ti.

Al salir de la exposición oigo a alguien comentar: me ha parecido un poco aquí-está-mi-polla. La observación señala un riesgo derivado de la actitud frontal con la que el artista se presenta. Pero reducirlo a esa lectura sería insuficiente. La lona dice más cosas: aquí está mi juventud, aquí está mi belleza, éste es mi tamaño, quiero verme a través de vosotras. Adrián no presenta su cuerpo como un resultado, es un espejo intermitente que dice: atiende, espabila, cúrratelo.

 

 

hArrApAtu

Andrea Berbois
Adrián Irisarri
Ángela Rodríguez

 

Mediación: Maider Aldasoro Diaz

 

ALONDEGIA KULTUR ETXEA

Zumaia