Sobre un cristal, un dibujo de tres líneas formando un cruce presenta a las artistas que participan en la exposición: Andrea Aguilera, Gabriele Muguruza y Carmen Valero. La intersección de tres ejes suele utilizarse para representar una dimensión espacial. El título, 3.600 metros cúbicos, también remite al volumen de un espacio, a su posibilidad de ser llenado o vaciado.

Las obras aparecen diseminadas a diferentes alturas y distancias. Atienden a los usos del espacio, a experimentarlos como pasillo, entrada, habitación o escalera. Dos esculturas de Andrea acompañan las lámparas que iluminan el pasillo; otra rodea la columna. Dos dibujos de Gabriele se sitúan junto a la señalética del edificio; otros, junto a la planta que decora la entrada. Un dibujo de Carmen aparece en la escalera que sube a la biblioteca; otros, en la que baja al sótano. Estas relaciones producen reencuadres subjetivos, fragmentan la percepción del espacio y habilitan recorridos ajenos a los previstos por la arquitectura.

Los espacios se convierten en lugares porque los vivimos. Un reloj no produce nada más que una abstracción compartida, un conjunto de líneas que ordenan el tiempo. Y, sin embargo, venimos aquí a una hora concreta: a jugar, a hacer deporte, a leer un libro o a tomar un café con una amiga. Aunque el tiempo sea algo inaprensible, hoy hemos venido aquí, a una hora concreta, a ver una exposición.

El tiempo también es ser artistas y estar aquí, queriendo algo. Querer mostrarnos de una determinada manera es tiempo: lo hacemos o lo hace nuestro inconsciente en relación con el pasado y el futuro. Que Gabriele haya colocado un gran tablón de madera junto al frontón, o que Carmen haya realizado un mural de grandes dimensiones, expresa un deseo de presencia: ocupar un tiempo y un lugar de forma concreta, mostrarse, aunque sea inconscientemente, en relación con el pasado y el futuro.

Una escultura de suelo de Andrea presenta una mayor complejidad material que otras obras de la exposición. Sobre un tablón de madera descansa una cinta de Möbius metálica sobre la que se ha trenzado cuerda, dando al conjunto la apariencia de una espina dorsal curvada. En uno de los extremos, dos pequeños folios reposan sobre la tabla. Lo abstracto del procedimiento se vuelve figurativo por la sobreconsciencia de sí que tiene la escultura. Hay poco espacio entre lo que quiere ser y lo que es. Al saberse escultura, su configuración material parece responder únicamente a ese deseo de serlo.

Un grabado de Gabriele está iluminado de forma dramática en una de las paredes. Sobre un papel de grabado rectangular se ha realizado un gofrado con pequeños círculos. El grabado está enmarcado en una cartulina negra y dentro de un plástico microperforado. Recibe una iluminación expresiva desde un foco, matizado con una cartulina negra en forma de tubo. Cuando te acercas, resulta imposible ver la imagen, pues el blanco sobre blanco del gofrado se convierte en un negro sobre negro por la sombra del propio cuerpo. La pieza fuerza un pequeño fracaso representacional: no poder ver algo tan sutil como unos círculos en relieve, tanto por exceso de luz como por exceso de sombra. De la experiencia resulta una frustración divertida; la intención se desploma y surge un juego de desplazamientos entre formato, luz y soporte.

Gabriele expone otros dos grabados, dos xilografías en las que bailan círculos de colores alrededor de una diagonal acusada. De nuevo, una atención a los bordes del soporte. La madera utilizada para hacer el negro de la estampa tiene los bordes redondeados, la capa del fondo, recta, los paspartús y el marco, también rectos. Intuyo en Gabriele una intención de trabajar con procedimientos habituales, asociados a las bellas artes. Ese uso de lo común produce un sentido visible en la obra, en contraste con cierta tendencia contemporánea a dotar de sentido a lo artístico mediante una singular narrativa del proceso.

También colocado por Gabriele, hay un gran tablón de madera pintado de azul brillante y apoyado sobre una pared cercana al frontón, también con franjas azules. La escultura parece realizada poco antes de la inauguración, está recién pintada y gotea por los cantos. Es un gesto expresivo: responder a algo que parece faltar en la exposición con algo más desnudo y contundente. Resulta parecido al uso del foco de luz, y también al modo en que Gabriele introduce las ceras en sus dibujos, donde lo aceitoso de la cera hace que se desborde la organización geométrica, como un inconsciente que se derrite a través de los huecos del sistema que lo rige.

Ante la contención de algunos de los trabajos de la exposición, Carmen ha realizado dos dibujos murales como punto de fuga. El primero, el dibujo de una cara en el reverso de la escalera activa el placer consensuado de intervenir la arquitectura con figuras humanas. El segundo, abstracto, traza unas pocas líneas sobre una de las paredes y se confunde con las grietas y manchas de la sala. Funciona como un destello sobre el agua: la sutileza de la representación produce una tenue superposición que evidencia la superficie. La propuesta continúa planteamientos de Raúl Domínguez en exposiciones como Media hora de sol (Carreras Mugica, 2022), donde el uso del grafito y el lápiz amarillo generaba también ese tipo de vibración superficial.

La intervención mural convive con otros dibujos no mayores que una cuartilla. Frente a ellos, aparece como grande y pública; los otros, como pequeños y domésticos. Entre ambos se abre una escala temporal, como si pudiera decir: puedo estar aquí, así, porque ya estuve allí.

 

3.600m3

Andrea Aguilera
Gabriele Muguruza
Carmen Valero

 

Mediación: Maite Choya

 

ZELAIETA ZENTROA

Amorebieta-Etxano